Era una noche demasiado fría para la época del año en la que estaban. Las olas iban y venían sin ninguna prisa haciendo acto de presencia en los hechos que se estaban sucediendo aquella noche. Sobre la arena de la playa veintidós hombres se disponían a batirse, pero era una pelea desigual pues en uno de los bandos había sólo una persona.
El grupo en el que estaban todos los demás, armados con afiladas armas blancas, lo lideraba un antiquísimo vampiro que miraba con impaciencia al contrincante, otro vampiro que les estaba dando la espalda.
- Terán, tenía muchas ganas de volver a encontrarme contigo. – Dijo sonriente el líder del grupo.
- ¿Para que te vuelva a humillar? – Fue la respuesta de Diego Terán, que hirió a su contrincante más que si le hubiera dado un tajo con la katana.
No supo que responder, masculló unas cuantas maldiciones y sonrió luego con perspicacia. Alloth había estado siglos esperando este momento, muchos siglos. Hace tiempo él era el vampiro guerrero más temido y reconocido del mundo, pero todo cambió cuando un tal Diego Terán dio "la campanada" al matar a su propio maestro, un vampiro de unos setecientos años. En una ocasión intentó acabar con su rival, pero le había subestimado y acabó derrotado y humillado ya que no había conseguido ni rozarle. Desde entonces había estado entrenando a conciencia para, llegado el día, poder vencerle. No sólo se había entrenado él, sino que había preparado a un grupo de hombres y vampiros para el combate ya que era consciente de que él solo no podría acabar con tan magnífico guerrero.
Era consciente de que el punto fuerte de Terán era su disciplina, un luchador disciplinado con sus emociones difícilmente cometía errores en un combate. Pero sabía cómo doblegar esa disciplina, tenía unos ases en la manga con los que esperaba herir profundamente a Diego y hacer que, dolorido y rabioso, atacara sin ton ni son, cometiendo errores de principiante. Tenía cada una de sus palabras estudiada.
- Vaya vaya, Diego Terán el indomable, el asocial. No parecías tan distante de lo normal el otro día en el bosque con aquella otra vampira por la que cortaste alguna cabeza eh…
Diego se giró y clavó en él una mirada amenazante, pero eso no cerró la boca del vampiro ni de sus compinches, que reían.
- Sí Diego, te llevamos observando lo suficiente para saber que no sólo andas tirándote a desconocidas sino que también tienes una alumna. Uhm… seguro que su blanca piel sabe de maravilla, creo que después de matarte iremos a por ellas y nos divertiremos un poco antes de matarlas… - Sonrió antes de continuar y lanzarle así una primera estocada en el corazón. – No como la última vez.
Diego captó la indirecta enseguida, el puñal que le había lanzado se le clavó en el corazón, le dolió más que ninguno de los golpes físicos que hubiera recibido en su vida. Sintió como la ira, mezclada con el dolor, empezaba a brotar de su interior, pero la aplacó con su férrea disciplina.
- Veo que eres despierto. – Dijo con una carcajada que acompañaron los acompañantes del vampiro. – Edith no murió por un ataque fruto de la casualidad, Diego. – Le miró a los ojos mientras se deleitaba viendo cómo el corazón de Terán se rompía en mil pedazos mientras pronunciaba las siguientes palabras. - De hecho lo pasamos muy bien con ella antes de matarla.
El desolado vampiro apretó los puños con fuerza. El dolor, la frustración, la pena y miles de sentimientos destruyeron su disciplina, el escudo de su corazón y sus ganas de seguir viviendo. La katana, que había desenfundado cuando su oponente comenzó a hablar, se le cayó de las manos. Su mirada pasó a ser un fiel reflejo de todos los sentimientos encontrados que estaban haciendo que su corazón se desangrara de dolor, tanto dolor que no dejaba que una creciente ira saliera a la luz.
Alloth tuvo que hacer entonces la elección binaria más importante de su vida: aprovechar y derrotar fácilmente a Diego Terán en ese mismo instante o seguir hundiéndole hasta, literalmente, hacerle llorar. Sonrió lascivo, quiso rizar el rizo, tensar la cuerda un poco más.
- Al principio gritaba tu nombre, Diego, pero después le empezó a gustar todo lo que le hicimos.
Diego cayó de rodillas en la arena y bajó la mirada. Sus hombros empezaron a agitarse con amargos sollozos y se pudo ver como unas lágrimas de sangre empezaron a resbalarle por las mejillas. Estaba abatido, totalmente destrozado, tanto que su ira empezó a encontrar un camino libre por donde salir a la superficie, ya que los otros sentimientos estaban, simplemente, destrozados.
Aquel vampiro que un día fue humillado por Diego Terán reía ahora satisfecho. Había logrado destruir emocionalmente a un enemigo que bien podría decirse que tenía una entereza dura como una piedra, y lo había hecho atacando allí donde sabía encontraría un punto débil. Desenvainó su espada, y los humanos y vampiros que le acompañaban hacían lo mismo preparándose para degollar a aquel pelele en el que se había convertido Terán.
Pero su sangre, su risa y todos sus sueños de futuro se congelaron en ese momento. Incluso a los humanos el corazón les dejó de latir cuando Diego Terán se alzó y lanzó al viento una mezcla de grito, rugido y alarido que hizo que a sus rivales se les pusiera el vello de punta. Cuando les miró pudieron ver unas pupilas totalmente rojas, un rostro contraído por el odio. Sí, aquel ser se había convertido en la definición personificada del odio, lo supieron en cuanto escucharon un nuevo rugido.
Sólo una vez le había pasado eso a Diego, pero lo recordaba perfectamente. El odio se apoderaba de él y liberaba todos sus sentidos y todos sus poderes conocidos, incluso sacaba a la luz poderes desconocidos. Se agachó lentamente a recoger su arma del suelo mientras seguía con la mirada clavada en sus contrincantes. Había un contra en ese estado de furia total, Diego no era consciente de lo que hacía, se convertía literalmente en un monstruo sediento de sangre y destrucción.
Alloth se dio cuenta en ese preciso momento de que por haber intentado tensar demasiado la cuerda ésta había terminado por romperse. Tembló y fue totalmente consciente de que ésta vez no saldría con vida del combate. Se giró para hacerles a sus hombres una señal para que atacaran, después de todo él era un antiquísimo y poderosísimo vampiro y estaba acompañado por varios otros que rondaban los cuatro o cinco siglos de vida. Quiso creer que tendrían posibilidades. Pero aquella esperanza se tambaleó cuando al volver a mirar a Diego descubrió que había desaparecido. Su confusión duró apenas unos segundos, hasta que escuchó detrás de él el silbido de un arma. Cuando se giró vió tres cabezas volando y a Diego Terán empuñando el arma ejecutora habiendo hecho un semicírculo en horizontal con el filo de su katana. Para cuando quiso abrir la boca por la sorpresa el monstruo en el que se había convertido su oponente se había vuelto a desaparecer a una velocidad que juraría podía igualar a la de la luz.
Diego se notaba dentro de una burbuja, sin ser totalmente consciente de lo que hacía. Ante él se mostraban las imágenes de sus actos a cámara lenta, pero no parecía ser él quien impulsaba su propio cuerpo. Dedujo que era su propio odio el que dirigía sus movimientos.
Un acto reflejo salvó la vida de Alloth cuando, al levantar inconscientemente su espada para adoptar una posición defensiva, ésta interceptó un ataque de su oponente al que ni siquiera había visto llegar y que, seguramente, le hubiera partido el cuello en dos. Fue confuso, tan rápido como apareció había desaparecido, pero pudo notar el miedo apoderarse de él cuando apenas unas centésimas de segundo después un grito desgarrador sonaba a su espalda, a varios metros de distancia. Un grito tras otro, sus hombres iban cayendo. Cuando Alloth giró la cabeza a sus espaldas, movimiento que tardó apenas dos segundos en realizar, se encontró con la dantesca escena de Diego Terán mirándole fijamente a los ojos con uno de sus hombres colgándole de la boca. Estaba bebiendo la sangre de uno de sus hombres y ni siquiera se molestaba en sujetar su cuerpo, le tenía mordido por el cuello y colgando como un gato hace colgar de la boca un ratoncillo que ha cazado. El vampiro escupió a su presa una vez saciada su sed, sin importarle que su cara quedara manchada de sangre. Alloth vió detrás de su oponente a uno de sus hombres, un humano, que corría hacia el bosque con la esperanza de sobrevivir a la orgía de sangre. Parecía que lo iba a conseguir... hasta que Diego se dio media vuelta con impulso y lanzó su katana con tal precisión que se clavó en el cuello del humano.
Todos habían muerto, ya sólo quedaba él para enfrentarse a aquel monstruo que sus propias palabras habían creado. Su rival había lanzado lejos su arma y eso le daba una ventaja que sabría que no volvería a tener. Era ahora o nunca. Alloth se lanzó a la carga con un grito desesperado, un grito que se ahogó en su garganta cuando vio con incredulidad cómo la katana de Diego volvía volando y por sí sola a las manos de su dueño. Atónito y asustado, muy asustado, Alloth quiso frenar pero iba tan rápido que tardó unas milésimas de segundo en conseguirlo. Ese tiempo aparentemente insignificante fue letal. Sin saber cómo lo había hecho, el vampiro que tan convencido estaba de poder acabar aquella noche con la vida de Diego, sintió como unos colmillos se hundían violentamente en su cuello a la vez que una katana atravesaba de lado a lado su pecho.
Fueron sus últimos segundos de vida, segundos en los que fue consciente de la velocidad con la que el monstruo en el que se había convertido su oponente succionaba su jugo vital, pudo sentir como bebía hasta la última gota mientras veía la punta plateada del arma de su rival sobresalir de su propio pecho. Sintió sin que le doliera como, una vez bebida hasta la última gota de su sangre, Diego daba un tirón del cuello y se lo desgarraba. Alloth fue perdiendo la vida mientras caía al suelo.
Y de pronto, todo había acabado. Diego cayó al suelo de rodillas. Había muchas cosas sobre las que podía y tendría que pensar; cómo él sólo había podido fulminar tan rápido y en cuestión de milésimas de segundo a tantos y tan poderosos rivales, cómo su velocidad se había duplicado a causa de su furia y, sobre todo, cómo había logrado hacerse uno con su arma tan efectivamente que había logrado que ésta volviera a sus manos con sólo desearlo. Le quedaban muchos días de reflexión analizando los hechos, y muchísimos más de duros entrenamientos para lograr comprender aquel nuevo poder que le había sido revelado, pero ahora sólo tenía ganas de llorar. Nuevamente unas lágrimas de sangre invadieron sus mejillas y Diego rompió a llorar desconsolado. Lloró de pena por Edith, el gran amor de su vida que acababa de descubrir que había muerto por su culpa, y su llanto fue tan amargo que hasta las olas parecían retirarse de la escena. El vampiro se pasó llorando la noche entera, e incluso siguió haciéndolo en sueños en su madriguera durante el día.