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Daga y Magia. Capiítulo 1

Este relato data de antes de la Era de la Luna Teñida, justo en la última década de la Era de la Expectación, cuando el Rey Argón de Loriath era un adolescente y aun no había hecho aquel maravilloso viaje que le entronó en su reino gracias a un misterioso y valioso amigo.

Antes de su muerte, Zedrick el adivino lanzó la última de sus profecías: “Y cuando la más oscura de las noches se tiña de sangre, llegará el principio del fin y ya nada volverá a ser como antes.”

Desde entonces la religión de los Zedristas fue adquiriendo cada vez más poder hasta proclamarse la religión con más seguidores de Ýbora. Paul era un sacerdote Zedrita muy indignado con lo que el destino le había deparado. En esta época en la que la profecía del “Divino Preludista” se cumpliría en cualquier momento él tenía que verse rebajado a organizar expediciones para rescatar a una familia de leñadores que se había perdido en el bosque. Hacía dos días habían contratado a un siniestro encapuchado que cubría sus extremidades con vendas para tal tarea. Aquel tipo parecía totalmente convencido de que lograría su objetivo, pero las horas habían pasado y no se había sabido nada de él. Habían hecho un llamamiento para buscar voluntarios para un segundo intento pero nadie había osado meterse en aquel oscuro bosque dejado de la mano de los dioses.

Bueno, alguien se había ofrecido pero el Zedrita no estaba muy convencido de sus posibilidades.

Desde muy jóvenes Ainhoa, Cecilia e Irene habían sido amigas y compartían juegos y secretos. Alentadas por las historias del anciano de su pueblo nada más cumplir la mayoría de edad habían gastado sus ahorros en equitación y se habían lanzado al camino para convertirse en aventureras de leyenda.

Noa era una joven sacerdotisa de Liure, la diosa del romanticismo y la aventura. Sabía curar heridas y quitar tanto maldiciones como males de ojo. Tenía más poderes como sacerdotisa pero nunca hablaba de sus cualidades, sobre todo porque aun era muy joven y éstas no eran muchas.

Ceci era una hechicera conocedora de algunos trucos básicos y útiles de magia. Como miembro de la escuela de La Llama Eterna también conocía varios hechizos basados en el fuego. Su truco preferido era el del Candil, un hechizo que creaba una pequeña llama elevada a cierta altura y que de noche y a distancia se parecía a un candil llevado por alguien. Había gastado muchas bromas y dado muchos sustos gracias a ese hechizo.

Ire era una experta trampera. Su familia no estaba muy bien considerada en su pueblo ya que eran expertos ladrones pero ella había logrado guiar todo lo que ellos le enseñaban en pos de sacarle una utilidad honrada y de provecho.

Las tres amigas sonreían al Zedrita.

- Habéis tenido suerte. – Dijo Paul con voz seca. – Me acaban de decir que Holden se ha interesado por la misión y que está a punto de llegar. Formará parte de vuestro grupo en esta misión.

Las tres fruncieron ligeramente el ceño, aquel hombre parecía no confiar en ellas. Por otro lado tenían una gran curiosidad por ver a aquella persona. Nadie en aquella región habían visto jamás a Holden pero todos hablaban de aquel personaje de quien se decía que había llegado a matar un escorpión volador usando una sola flecha apuntando con certeza justo entre los ojos del animal. Se decía que sólo podría tratarse de un hombre ya que poseía una resistencia increíble en bosques y que era un experto arquero. Era una leyenda y parte del poblado situado junto al bosque estaba llegando al lugar donde ellas estaban precisamente alentados por el rumor de la venida del apuesto y guapo arquero.

Las horas pasaban y no llegaba nadie, la gente comenzó a marcharse y las tres amigas estaban recostadas junto a un árbol. Justo cuando pensaban que acabarían muertas de aburrimiento llegó una curiosa distracción. Una mujer de pardos ropajes y coleta gesticulaba irritada frente a Paul, el Zedrita, para que se quitara y la dejara pasar. La mujer llevaba botas altas que la delataban como una persona dada a los caminos y a los bosques, esto lo dedujeron también por su ropa de cazador y su coleta que ataba su larga y castaña melena para que no la molestase. A su espalda llevaba un arco de madera sin ningún tipo de ornamento.

- El gran Holden, sin duda. – Bromeó Ceci. Sus amigas se echaron a reír.

- Quizás quiere que Holden vaya a rescatarla al bosque para volver en sus brazos. – Continuó bromeando Ire.

Sus sonrisas no hicieron sino aumentar al ver como la cara de Paul se volvía totalmente roja de ira contenida ante la insistencia de la mujer. El Zedrita apartó a la mujer con unas feas y machistas palabras y la mujer le respondió con una patada entre las piernas que hizo que el joven se doblara y diera con sus rodillas en el suelo.

- Un imberbe no va a decirle a Ariadhne Holden a dónde puede y no puede ir.

Las palabras de la mujer hicieron que las tres amigas se tragaran sus risas y que Paul la mirara aún dolorido con los ojos totalmente abiertos.

Las tres amigas se miraron entre ellas, Ariadhne se había convertido en su nueva heroína.

Vientos de Guerra II

Oscuridad, luces tenues apagadas tras una niebla que no dejaba ver con nitidez. Confusión, voces perdidas que llegaban como ecos de otro tiempo, de otra realidad. Dolor, lo único que le hacía sentir que aun estaba vivo, que aun tenía cuerpo… o parte de él. Su vista se aclaró, quiso levantar la mano para mirársela y lo único que vio donde debía estar ésta era un amasijo de sangre y carne. Perdió de nuevo el conocimiento.

Voces lejanas, palabras sueltas que le costaba interpretar y movimiento, un balanceo que hacía que todo el cuerpo le escociera. Intentó hablar, intentó pronunciar palabra pero no logró emitir sonido alguno. Sintió un líquido caliente brotando de su garganta.

- No creo que lo consiga. – Escuchó una voz lejana, era la de una mujer. – Menuda carnicería.

Al lograr entender aquellas palabras los recuerdos empezaron a acudir a él de manera desordenada. Recordaba un campamento de vampiros. Sí, la guerra racial en la que estaba metido, la maldita guerra que sentía le estaba consumiendo por dentro. Recordó una joven, una cambiante que raptaron sus compañeros de escuadrón. Le vino a la mente una tienda de campaña donde la habían atado. Los vampiros entraban y salían de ella, de uno en uno. La habían convertido en la puta del escuadrón.

Un nuevo dolor de cabeza hizo que todos los pensamientos se le borraran, intentó levantar la otra mano pero… pero no había nada que levantar. “Esto es el fin”. El pensamiento llegó a él y por primera vez en su no-vida fue consciente de lo cerca que estaba de volver a morir.

Recordó cómo el entraba durante varias noches en la tienda. La violaba, recordó sus gritos de dolor. Pero también le vino a la mente como una noche habló con ella aunque no consiguió recordar lo que decían. Sólo un pensamiento: “No era una espía, era una inocente que se había acercado demasiado al campamento.”

A partir de ahí tenía una laguna mental con algunos flashes que le daban pistas sobre lo ocurrido. Él y la cambiante huyendo por el bosque, gritos de “Al traidor” sonando por doquier. Una flecha que aparece entre la niebla y se clava en la garganta de la mujer matándola. Una docena de compañeros le rodean, le atacan, su katana se rompe. Dolor, dolor, dolor.

¿Pero cómo es que seguía vivo? ¿Acaso le habían dejado agonizante para que su lucha por respirar segundo a segundo fuera su castigo hasta la muerte? Sí, lo había visto hacer.

- ¿Qué significa esto? - El vampiro volvió al presente al escuchar aquella v oz envejecida pero potente y clara. Los demás callaron. - ¿Cómo osáis traer a este monstruo moribundo ante mi presencia?

Diego notó que estaba a punto de volver a perder el sentido pero se esforzó por mantenerse consciente y saber qué había pasado.

- Intentó salvar a mamá. – Escuchó la voz femenina que había oído al principio. – No lo consiguió pero a punto estuvo de morir por intentar liberarla. No podemos dejarle morir, no podemos Maestro.

Escuchó el tono de respeto con el que la mujer había nombrado a aquel Maestro. Una alarma instintiva, una nausea irracional se apoderó de lo que quedaba de su cuerpo. Un mago, Diego odiaba a los magos. Se intentó revolver pero sólo consiguió sentir dolor, un punzante y latente dolor que se abría paso por su cuerpo.

Sintió unas manos sobre su torso, Diego gritó sin emitir sonido ante el olor, la presencia de la magia tocándole. Las manos le quemaron, le helaron, le electrocutaron, su cuerpo convulsionó una y otra vez hasta que el vampiro perdió totalmente el sentido.


Despertó. Estaba en el bosque, hacía apenas una hora que el sol se había ocultado, lo notaba en el aire. Se miró las manos, estaban enteras, regeneradas. Se levantó y se miró la ropa. Era ropa nueva, inmaculada, oscura. Un brillo llamó su atención. A su lado había dos armas de plata. Una katana y una daga. Impensable, Diego nunca había visto ni había oído hablar de katanas de ese material. Imposible, debía ser una muy buena imitación. El vampiro la cogió en sus manos y la olió. Plata pura.

Junto a la daga había una pequeña nota escrita en pergamino.

“Armas imposibles de conseguir para un ser imposible de describir.”

¿Un regalo? ¿Una recompensa? Diego había luchado muchas veces a cambio de dinero y muchas otras sin esperar nada a cambio. Era la primera vez que le recompensaban sin él pedirlo. Cogió las armas y las metió en unas fundas de un extraño metal oscuro que estaban junto a ellas.

Aquella fue la primera vez que Diego Terán recibió una recompensa por luchar por sus ideales en vez de dejarse llevar como había hecho desde que mató a su maestro. Aquella fue la primera vez que supo qué debía hacer a partir de entonces. Comenzó a caminar lejos de allí, lejos de las guerras sin sentido, lejos de los suyos. Caminó en soledad y se sentenció a sí mismo a convivir con ella. Volvió a tener un propósito en la vida.







PD: Dedicado a Noa, Ceci, Inhar, Lorena, Sombra y Akasha por sus comentarios en la entrada anterior. Algo así no lo olvidaré :*

La leyenda del fantasma del bosque.

El coche salió de la calzada y se adentró unos metros en el bosque, allí se paró. Un hombre calvo, de mediana estatura y no más de 40 años salió del vehículo mirando de manera nerviosa a los alrededores, parecía inquieto y sus pasos rápidos delataban su prisa. Abrió el maletero del coche, dentro había una gran bolsa de plástico cerrada con una cremallera, como las que los policías para guardar cadáveres. La única diferencia era que ésta se movía levemente. No se lo pensó dos veces, el hombre cogió un bate de beisbol que llevaba en el maletero y le arreó un par de golpes con todas sus fuerzas. Dejó de moverse.

Se cargó la bolsa ahora inmóvil al hombro y cerró con dificultad el maletero de su coche. Era de noche, el momento y el lugar perfecto para cumplir su misión. Alguien lo tenía que hacer, todas las mafias del mundo tenían a gente que se encargaba de los asuntos turbios para que sus superiores no tuvieran las manos sucias. En este caso su misión era clara, deshacerse del individuo que estaba haciéndole la vida imposible a su jefe. El rapto había sido muy fácil, elegir el sitio también, con tanta leyenda urbana sobre el bosque se le antojó que habría muy poca gente allí a aquellas horas, nadie le vería cavar una fosa y arrojar allí a su víctima aun con vida. Aun así estaba nervioso, tanto que no escuchó el suave crujido de una ramita a unos pocos metros de él.

Caminó con el saco al hombro varios metros hasta que llegó a un claro entre la espesura, un lugar perfecto para cavar teniendo sus alrededores despejados para poder ver enseguida a cualquier merodeador que se le acercase. O eso creía. Dejó su “paquete” en el suelo y volvió al coche a por su pala, le era necesaria para hacer la fosa donde enterrar vivo al individuo que tenía raptado. Estaba contento, la parte más difícil del rapto había salido a pedir de boca y ahora sólo quedaba la parte fácil, deshacerse de los restos. Tanta era su alegría que volvió silbando una alegre melodía hasta el sitio donde había dejado su carga.

Una carga que había desaparecido.

Lo primero que pensó era que de alguna manera había logrado escapar, le resultaba difícil de entender porque le había arreado con ganas con el bate. Sacó de un bolsillo interno de la chaqueta de su traje un revolver.

- Vamos mariconazo, es inútil que te escondas. – Gritó intentando minar las esperanzas de su víctima con palabras seguras, amenazadoras y convincentes.

Algo se movió entre los matorrales, se felicitó mentalmente por su agudeza a la hora de intimidar víctimas y apuntó hacia el lugar con su arma. No reconoció al hombre que salió de entre los matorrales, se trataba de un hombre alto y pálido, tenía uno largos cabellos negros y vestía con unas impresionantes botas, unos pantalones de cuero y una chaqueta larga también de cuero. Pero lo que más le impresionó fueron sus ojos, unos ojos fríos que no demostraban ningún tipo de sentimientos. Unos ojos que no eran humanos.

- ¿Qui… quién coño eres tú? – Dijo el hombre apuntándole firmemente con el arma. La mano le temblaba visiblemente.

- El encargado de limpiar de escoria mi territorio. – Sentenció el ser con una voz fría y áspera.

Ya está, cayó en cuenta de lo que estaba pasando pero su cerebro se negaba a creerlo. La leyenda urbana, esa leyenda que hablaba de un monstruo que ejecutaba de manera macabra a todos los asesinos, violadores y ladrones que pisaban aquel lugar por la noche. El miedo le hizo reaccionar, apretó el gatillo varias veces hasta descargar toda su munición sobre el pecho de aquel ser que cayó de espaldas al suelo aparentemente abatido por los disparos.

- ¡Já! ¡Estúpido! ¡Yo no creo en fantasmas, yo no creo en tu puta leyenda!¡Me cago en ella! – Dijo el hombre eufórico tras coser a tiros a lo que la gente suponía un fantasma. Rió a carcajadas en voz alta, se reía del fantasma, se reía de su propio miedo.

Y casi se tragó la lengua cuando aquel hombre se levantó del suelo. Palideció, un sudor frío comenzó a correrle por todo el cuerpo y, simplemente, no fue capaz de articular una sola palabra más. El hombre al que había cosido a tiros, y su camiseta llena de agujeros confirmaba este hecho, se levantó y con tranquilidad desenfundó una larga katana que llevaba escondida debajo de su chaqueta. El hombre se acercó a él con aquella mirada fría, aquella mirada llena de muerte que le heló la sangre en sus últimos segundos de vida. Lo último que pudo ver fue a aquel monstruo sonreír de manera macabra mostrando unos blanquísimos dientes de entre los que sobresalían dos largos colmillos. El asesino no pudo sacar conclusiones, la estocada fue rápida y limpia y su cabeza voló por los aires.

El fantasma había vuelto a actuar, Diego Terán había vuelto a actuar.

El raptado despertó a la mañana siguiente con un gran dolor en la cabeza. Al principio se sobresaltó al verse envuelto en unan bolsa de plástico pero el susto no duró mucho ya que enseguida se percató de que estaba rajada por un lado. Salió y se vio entre matorrales. Se levantó y caminó hacia lo que parecía un claro entre los árboles del bosque que reconoció como el de las afueras de Nexus. En medio del claro vio el cuerpo de su secuestrador yaciendo en el suelo. La cabeza estaba dos metros detrás del resto del cuerpo. El hombre vomitó.

Vientos de Guerra

“Cuenta hasta diez, abre los ojos”. La luna brillaba en lo más alto. Estaba llena, aquella noche sería testigo directo de la matanza, ella se encargaría de iluminar los cadáveres apilados en el suelo. La guerra era así, cruel, no dejaba tiempo para pensamientos o filosofías. Matar o morir.

Diego Terán afilaba su katana subido en una piedra. Silencioso, le gustaba estar a solas. Los demás compañeros de escuadrón le miraban con recelo, se había extendido el rumor de que aquel vampiro había llegado a matar a su propio creador. Eso le convertía en un marginado, en alguien en quien nadie en su sano juicio confiaría. Pero a Diego eso le daba igual, es más, lo prefería. Le era suficiente conocer sus órdenes.

Aquella noche iban a hacer una incursión en un campo de entrenamiento cambiante. Les avían avisado que los muy cobardes soltarían primero a mujeres y niños para, si dudaban en matar, atacarlos por sorpresa y eliminarlos. Así pues sus armas se mancharían aquella noche de mujeres y niños dispuestos a morir, dispuestos a sembrar el caos.

El escuadrón de ataque, o “Ángeles de la Muerte”, caminaba sobre las desiertas calles de la ciudad devastada por la guerra racial. Los humanos habían sido los primeros en extinguirse allí. Los vampiros los raptaban y criaban como quien cría cerdos para comer en invierno. Así tenían asegurado su abastecimiento. Los cambiantes se dieron cuenta de que mientras tuvieran sangre ilimitada los vampiros tendrían ventaja por lo que empezaron a hacer escaramuzas a la caza de humanos. La guerra hace de todos monstruos.

Llegaron al campamento. A primera vista parecía un simple campamento de refugiados pero por lo que sabían la realidad era bien distinta. Los vampiros de primera línea de ataque se miraron los unos a los otros. Diego, el más impaciente por entrar en acción, fue el primero en correr hacia el campamento. Fue el primero en cercenar la cabeza de un niño y la de su madre.

Todo estaba saliendo bien, el ritmo de la matanza era muy rápido y empezaba a no haber gente en la calle. Pero había algo que estaba empezando a preocupar a Terán. En otras incursiones parecidas las mujeres y los niños les atacaban, intentaban que su muerte fuera lo más digna posible, intentaban matar a algún vampiros antes de una muerte que sabían que les llegaría en unos segundos. Ahora, en cambio, las mujeres y los niños corrían gritando de un lado para otro sin ningún rumbo ni dirección. El vampiro frunció el ceño.

Sus compañeros empezaron a entrar a matar dentro de las casas y tiendas de campañas, Diego les imitó entrando dentro de una casa de madera. Dentro, debajo de una mesa, una mujer cambiante se había escondido con su hija. Un manotazo del vampiro y la mesa voló por los aires. La mujer gritó.

- ¡Asesinos! ¡Asesinos!
– No paraba de gritar.

- ¿Dónde están los hombres? ¡Habla!
– Exigió el vampiro agarrando a la mujer del cuello.

- Aquí no hay nadie más, por todos los cielos, esto sólo es un campo de refugiados.


Diego se enfureció y exigió de nuevo una respuesta, pero la respuesta fue la misma. Apretó un poco más y el cuello de la mujer cedió con un crujido. Su mirada dejó de reflejar dolor, dejó de reflejara nada. La niña no sufrió tanto, fue una estocada limpia y rápida.

La matanza fue rápida y los vampiros volvieron al puesto de mando sin cobrarse ninguna víctima digna. El capitán les esperaba con los brazos en jarra sobre sus caderas y una sonrisa maliciosa y satisfecha a su vez. Diego Terán fue el primero en acercarse pero no se arrodilló como dictaba el protocolo. Estampó su puño en la cara del capitán y éste dio con sus huesos en el suelo.

- Eran sólo refugiados. – Dijo el vampiro hispano con una voz fría y muy, muy amenazadora. – No tenían nada que ver en esto.

- Pagarás por esto Terán. – Dijo el capitán intentando recuperar su dignidad perdida. - ¡Son cambiantes! ¿Qué más necesitas saber para acabar con su mísera existencia? – Siguió hablando el capitán aunque no recibió respuesta. - Tú estás aquí para cumplir órdenes y eso será lo que harás. ¡Debería arrancarte el corazón por osar golpearme!

- Inténtalo si quieres. – Dijo Diego con una voz mucho más amenazadora. – Pero si luchas contra mí más vale que seas tú el vencedor.

Se alejó del lugar dirigiéndose a su alejada tienda de campaña. Allí le esperaba ella, una mujer de muy alto rango en el ejército que de vez en cuando iba a pasar una noche de pasión con él. Pero aquella noche no estaba de humor, Diego estaba empezando a cansarse de matar por unos ideales en los que estaba dejando de creer. Empezaba a ver aquella guerra como algo absurdo.

Crónicas Olvidadas, Introducción: El Despertar

Abrió los ojos y miró a su alrededor. No reconoció la estancia. Se incorporó en lo que parecía ser una cama de extraña arquitectura, todo le daba vueltas y no sabía por qué, no sabía… no sabía quién era. Desorientado y un poco asustado se levantó y logró caminar hasta el cuarto de baño de aquella habitación pintada de tonos violáceos, se miró en el espejo y se sorprendió al ver su rostro. Un rostro de tez oscura, gris, y unos ojos de un rojo intenso. Sus cabellos eran blancos y conservaba la belleza de los elfos. Era un elfo oscuro, un asesino, un destructor.

No se atormentó por su descubrimiento, ni siquiera por las cicatrices de su cara, sólo volvió a la cama y se tumbó en ella totalmente desorientado. Suspiró, no recordaba qué hacía allí ni cómo había llegado hasta aquel lugar. Ni siquiera se acordaba de su nombre. Junto a la cama había unos ropajes oscuros perfectamente doblados y dos katanas guardadas en su funda. Dos katanas… un recuerdo empezó a formarse en su mente pero enseguida se difuminó como si hubiera sido absorbido por algo. Miró a una de las katanas, se sentía extrañamente atraído hacia el arma. La desenfundó, de su filo emanaban tenues reflejos rojos que bailaban frente a él como hechizándolo, como envolviéndole en una danza burlona y mortal. Cerró el arma en su funda sobresaltado por el sonido de una puerta al abrirse en una habitación junto a la suya, dejó el arma donde estaba justo cuando la puerta de su habitación se abría. Una hermosa elfa oscura vestida solo con un finísimo vestido de seda caminó felina hacia él clavando sus ojos en los de él con una expresión divertida, juguetona.

-Hola querido, ¿cómo te encuentras? – Preguntó ella.
-No… lo siento… no recuerdo nada, ni quién eres tu… ni quién soy yo. – Contestó él temiendo herir sus sentimientos.

Ella sonrió ligeramente, era una sonrisa de... ¿satisfacción? El elfo oscuro parpadeó creyendo que sus sentidos le engañaban pero siguió pareciéndole que algo allí no encajaba. Ella, quizá viendo su reacción, dramatizó un poco su expresión y siguió hablando.

-No me extraña, aquél fugitivo te dio un buen golpe en la cabeza. – Él fue a decir algo pero ella tapó su boca con un beso. – Quizá esto te ayude a recordar, soy Delewin Darahale, cielo, y tu eres Dirinil Darahale, mi pareja, mi semental, mi héroe cazador de fugitivos.

Le había dado mucha información de repente, le había dado un nombre, un apellido que le ligaba a una casa, una profesión e incluso una pareja. Le costó asimilarlo, no experimentó ningún tipo de sentimiento, ni siquiera de amor hacia ella. Supuso que sería por la amnesia, seguramente habría embotado sus sentimientos.

-Tendrías que prepararte, querido, e intentar disimular tu “estado”. Tu posición es muy envidiada aquí y hoy debes otorgar un castigo a una traidora, no queremos que la gente te crea débil..

Dirinil se llevó la mano a la frente, la cabeza le dolía como si le fuera a estallar, no tenía ganas de levantarse de la cama. Su mujer le puso las armas sobre la cama, al sentir cerca la brillante katana roja el humor del elfo mejoró considerablemente, como si aquél arma le alimentara de la esencia de la que estaban hechos los elfos oscuros, como si le alimentara de mal. Sí, ahora sí le apetecía castigar a una traidora, y el hecho de que un insignificante varón como él pudiera darle castigo a una hembra era una recompensa y un honor para él y una humillación para ella. Se sintió orgulloso.

El Oráculo

Diego Terán recorría las calles de aquella antigua ciudad en ruinas. Aunque aparentemente el caos y la destrucción dominaban el paisaje él sabía muy bien a donde iba. En medio de la devastación de la que años atrás fuera una hermosa ciudad que se levantaba orgullosa hacia el cielo, una pequeña chabola se mantenía en pie. Al parecer las bombas y el fuego cruzado no habían logrado acabar con tan sacro lugar.

- ¿A qué vienes? – Le peguntó una voz femenina nada más se acercó a la puerta.
- A ver al Oráculo. – Dijo Diego con una voz exenta de sentimientos.

Una pequeña ventanita se abrió en el marco de la puerta, unos ojos nerviosos recorrieron al vampiro de arriba a abajo.

- Terán, debería haberlo supuesto. Pasa, ella te espera.

Diego entró en el edificio saludando con un inclinamiento de cabeza a la portera y dirigiéndose directamente al salón principal sin esperar siquiera a que le señalaran el camino. Se lo conocía bien.

El salón principal era una habitación de dimensiones inmensas y completamente redonda. Su suelo estaba hecho de mármol negro, salvo una especie de camino hecho de mármol blanco, y todas las cortinas estaban c erradas dejándolo todo en una semioscuridad que aterraría a cualquier humano. El camino de mármol blanco estaba iluminado por velas que, en fila india, daban luz a cada lado el recorrido. Los pasos del vampiro resonaban de manera siniestra en una habitación sin ningún tipo de ruido. Justo en el centro de la estancia había, encima de unas escaleras que le daban aspecto de trono, una cama también redonda. En ella le aguardaba, recostada e insinuante, una mujer de una belleza antinatural. Diego se sentó junto a los pies del Oráculo.

- No digas nada Diego, déjame hacer.

El Oráculo era aquella mujer de verdes ojos sin pupilas y larguísimos cabellos de tono plateado que caían sobre un cuerpo pálido como la cera que estaba cubierto tan sólo por finas prendas de seda. Su poder era el de leer los recuerdos de la gente. Los demás oráculos normalmente predecían el futuro, ella lo hacía leyendo el pasado y exponiéndole en esa interpretación del camino recorrido cual sería el que le queda por recorrer. De ahí su fama entre los más antiguos de los vampiros que, cuando se sentían perdidos y sin rumbo, iban a verla en busca de una luz que les guiara.

La mujer callaba mientras se concentraba en los recuerdos del vampiro. Cuando levantó la mirada lo hizo para clavar sus extraños ojos en los de él.

- Has perdido, Diego. Tu maestro ha ganado la batalla.

Diego se sobresaltó ante tales palabras, su maestro había muerto siglos atrás bajo el filo de su katana plateada. Ella leyó la confusión en sus ojos y, tras una suave sonrisa, se extendió un poco más en su explicación.

- ¿Recuerdas por qué lo mataste, Diego? – Dijo antes de proseguir sin darle tiempo a responder. – Lo mataste por convertirte en vampiro bajo el juramento de que intentarías salvar, por todos los medios, tu humanidad. – Se hizo de repente un incómodo silencio antes de que la mujer siguiera hablando. – Siempre has sido un hombre seco, desde que te conocí hace cinco siglos eras así. Llevas tanto sin sentir nada por nadie que en cuanto ese débil sentimiento aflora en tu alma lo aplastas con tu muto de hielo. Por lo tanto, Diego, has perdido tu humanidad, has perdido tus sentimientos. Los has matado tú.

Diego bajó su cabeza pesaroso y pensativo. En los últimos tiempos había empezado a sentir distintos tipos de sentimientos por distintas personas, pero siempre había aplacado esos sentimientos, siempre los había rechazado por miedo a que le hicieran más débil, más vulnerable. Como siempre que la visitaba, Diego se sentía desnudo e indefenso ante el Oráculo.

- Tu muerto corazón siente amor, Diego, sientes que hay una mujer especial y no te atreves a reconocerlo. Además también sientes otro tipo de amor, el paterno, hacia otra persona y lo único que haces es hablar con ella de manera tosca, de manera lejana. – La mujer hizo una nueva pausa de escasos segundos, segundos que al vampiro se le hicieron eternos. – Eres un estúpido, Diego. La ausencia de sentimiento no te hace más fuerte, al contrario, te convierte en un ser vacío, débil y frágil. Mi consejo no es que cambies tu forma de ser, es que aceptes tus sentimientos y te abras a ellos. Esos sentimientos te darán la llave a tu verdadero poder, a saber dominar esos poderes que aun no comprendes. El amor te hará invencible.

Diego esbozó una cínica sonrisa y miró fijamente a los ojos del Oráculo listo para replicar. Pero lo que se topó fue una pared protegida por la razón, por lo que él mismo sabía en el fondo de su alma que era verdad. La sonrisa se borró de su cara como si hubiera recibido un sopapo como el que se le da a un crío contestón.

- Es todo.


Y así fue, la luz de las velas disminuyó y la puerta por donde Diego había entrado se abrió de nuevo. Diego, tras una reverencia inusitada en él, salió del gran salón circular y del viejo edificio. Tornó el camino de vuelta a Nexus sumido en sus pensamientos.

Odio

Era una noche demasiado fría para la época del año en la que estaban. Las olas iban y venían sin ninguna prisa haciendo acto de presencia en los hechos que se estaban sucediendo aquella noche. Sobre la arena de la playa veintidós hombres se disponían a batirse, pero era una pelea desigual pues en uno de los bandos había sólo una persona.

El grupo en el que estaban todos los demás, armados con afiladas armas blancas, lo lideraba un antiquísimo vampiro que miraba con impaciencia al contrincante, otro vampiro que les estaba dando la espalda.

- Terán, tenía muchas ganas de volver a encontrarme contigo. – Dijo sonriente el líder del grupo.

- ¿Para que te vuelva a humillar? – Fue la respuesta de Diego Terán, que hirió a su contrincante más que si le hubiera dado un tajo con la katana.

No supo que responder, masculló unas cuantas maldiciones y sonrió luego con perspicacia. Alloth había estado siglos esperando este momento, muchos siglos. Hace tiempo él era el vampiro guerrero más temido y reconocido del mundo, pero todo cambió cuando un tal Diego Terán dio "la campanada" al matar a su propio maestro, un vampiro de unos setecientos años. En una ocasión intentó acabar con su rival, pero le había subestimado y acabó derrotado y humillado ya que no había conseguido ni rozarle. Desde entonces había estado entrenando a conciencia para, llegado el día, poder vencerle. No sólo se había entrenado él, sino que había preparado a un grupo de hombres y vampiros para el combate ya que era consciente de que él solo no podría acabar con tan magnífico guerrero.

Era consciente de que el punto fuerte de Terán era su disciplina, un luchador disciplinado con sus emociones difícilmente cometía errores en un combate. Pero sabía cómo doblegar esa disciplina, tenía unos ases en la manga con los que esperaba herir profundamente a Diego y hacer que, dolorido y rabioso, atacara sin ton ni son, cometiendo errores de principiante. Tenía cada una de sus palabras estudiada.

- Vaya vaya, Diego Terán el indomable, el asocial. No parecías tan distante de lo normal el otro día en el bosque con aquella otra vampira por la que cortaste alguna cabeza eh…

Diego se giró y clavó en él una mirada amenazante, pero eso no cerró la boca del vampiro ni de sus compinches, que reían.

- Sí Diego, te llevamos observando lo suficiente para saber que no sólo andas tirándote a desconocidas sino que también tienes una alumna. Uhm… seguro que su blanca piel sabe de maravilla, creo que después de matarte iremos a por ellas y nos divertiremos un poco antes de matarlas… - Sonrió antes de continuar y lanzarle así una primera estocada en el corazón. – No como la última vez.

Diego captó la indirecta enseguida, el puñal que le había lanzado se le clavó en el corazón, le dolió más que ninguno de los golpes físicos que hubiera recibido en su vida. Sintió como la ira, mezclada con el dolor, empezaba a brotar de su interior, pero la aplacó con su férrea disciplina.

- Veo que eres despierto. – Dijo con una carcajada que acompañaron los acompañantes del vampiro. – Edith no murió por un ataque fruto de la casualidad, Diego. – Le miró a los ojos mientras se deleitaba viendo cómo el corazón de Terán se rompía en mil pedazos mientras pronunciaba las siguientes palabras. - De hecho lo pasamos muy bien con ella antes de matarla.

El desolado vampiro apretó los puños con fuerza. El dolor, la frustración, la pena y miles de sentimientos destruyeron su disciplina, el escudo de su corazón y sus ganas de seguir viviendo. La katana, que había desenfundado cuando su oponente comenzó a hablar, se le cayó de las manos. Su mirada pasó a ser un fiel reflejo de todos los sentimientos encontrados que estaban haciendo que su corazón se desangrara de dolor, tanto dolor que no dejaba que una creciente ira saliera a la luz.

Alloth tuvo que hacer entonces la elección binaria más importante de su vida: aprovechar y derrotar fácilmente a Diego Terán en ese mismo instante o seguir hundiéndole hasta, literalmente, hacerle llorar. Sonrió lascivo, quiso rizar el rizo, tensar la cuerda un poco más.

- Al principio gritaba tu nombre, Diego, pero después le empezó a gustar todo lo que le hicimos.

Diego cayó de rodillas en la arena y bajó la mirada. Sus hombros empezaron a agitarse con amargos sollozos y se pudo ver como unas lágrimas de sangre empezaron a resbalarle por las mejillas. Estaba abatido, totalmente destrozado, tanto que su ira empezó a encontrar un camino libre por donde salir a la superficie, ya que los otros sentimientos estaban, simplemente, destrozados.

Aquel vampiro que un día fue humillado por Diego Terán reía ahora satisfecho. Había logrado destruir emocionalmente a un enemigo que bien podría decirse que tenía una entereza dura como una piedra, y lo había hecho atacando allí donde sabía encontraría un punto débil. Desenvainó su espada, y los humanos y vampiros que le acompañaban hacían lo mismo preparándose para degollar a aquel pelele en el que se había convertido Terán.

Pero su sangre, su risa y todos sus sueños de futuro se congelaron en ese momento. Incluso a los humanos el corazón les dejó de latir cuando Diego Terán se alzó y lanzó al viento una mezcla de grito, rugido y alarido que hizo que a sus rivales se les pusiera el vello de punta. Cuando les miró pudieron ver unas pupilas totalmente rojas, un rostro contraído por el odio. Sí, aquel ser se había convertido en la definición personificada del odio, lo supieron en cuanto escucharon un nuevo rugido.

Sólo una vez le había pasado eso a Diego, pero lo recordaba perfectamente. El odio se apoderaba de él y liberaba todos sus sentidos y todos sus poderes conocidos, incluso sacaba a la luz poderes desconocidos. Se agachó lentamente a recoger su arma del suelo mientras seguía con la mirada clavada en sus contrincantes. Había un contra en ese estado de furia total, Diego no era consciente de lo que hacía, se convertía literalmente en un monstruo sediento de sangre y destrucción.

Alloth se dio cuenta en ese preciso momento de que por haber intentado tensar demasiado la cuerda ésta había terminado por romperse. Tembló y fue totalmente consciente de que ésta vez no saldría con vida del combate. Se giró para hacerles a sus hombres una señal para que atacaran, después de todo él era un antiquísimo y poderosísimo vampiro y estaba acompañado por varios otros que rondaban los cuatro o cinco siglos de vida. Quiso creer que tendrían posibilidades. Pero aquella esperanza se tambaleó cuando al volver a mirar a Diego descubrió que había desaparecido. Su confusión duró apenas unos segundos, hasta que escuchó detrás de él el silbido de un arma. Cuando se giró vió tres cabezas volando y a Diego Terán empuñando el arma ejecutora habiendo hecho un semicírculo en horizontal con el filo de su katana. Para cuando quiso abrir la boca por la sorpresa el monstruo en el que se había convertido su oponente se había vuelto a desaparecer a una velocidad que juraría podía igualar a la de la luz.

Diego se notaba dentro de una burbuja, sin ser totalmente consciente de lo que hacía. Ante él se mostraban las imágenes de sus actos a cámara lenta, pero no parecía ser él quien impulsaba su propio cuerpo. Dedujo que era su propio odio el que dirigía sus movimientos.

Un acto reflejo salvó la vida de Alloth cuando, al levantar inconscientemente su espada para adoptar una posición defensiva, ésta interceptó un ataque de su oponente al que ni siquiera había visto llegar y que, seguramente, le hubiera partido el cuello en dos. Fue confuso, tan rápido como apareció había desaparecido, pero pudo notar el miedo apoderarse de él cuando apenas unas centésimas de segundo después un grito desgarrador sonaba a su espalda, a varios metros de distancia. Un grito tras otro, sus hombres iban cayendo. Cuando Alloth giró la cabeza a sus espaldas, movimiento que tardó apenas dos segundos en realizar, se encontró con la dantesca escena de Diego Terán mirándole fijamente a los ojos con uno de sus hombres colgándole de la boca. Estaba bebiendo la sangre de uno de sus hombres y ni siquiera se molestaba en sujetar su cuerpo, le tenía mordido por el cuello y colgando como un gato hace colgar de la boca un ratoncillo que ha cazado. El vampiro escupió a su presa una vez saciada su sed, sin importarle que su cara quedara manchada de sangre. Alloth vió detrás de su oponente a uno de sus hombres, un humano, que corría hacia el bosque con la esperanza de sobrevivir a la orgía de sangre. Parecía que lo iba a conseguir... hasta que Diego se dio media vuelta con impulso y lanzó su katana con tal precisión que se clavó en el cuello del humano.

Todos habían muerto, ya sólo quedaba él para enfrentarse a aquel monstruo que sus propias palabras habían creado. Su rival había lanzado lejos su arma y eso le daba una ventaja que sabría que no volvería a tener. Era ahora o nunca. Alloth se lanzó a la carga con un grito desesperado, un grito que se ahogó en su garganta cuando vio con incredulidad cómo la katana de Diego volvía volando y por sí sola a las manos de su dueño. Atónito y asustado, muy asustado, Alloth quiso frenar pero iba tan rápido que tardó unas milésimas de segundo en conseguirlo. Ese tiempo aparentemente insignificante fue letal. Sin saber cómo lo había hecho, el vampiro que tan convencido estaba de poder acabar aquella noche con la vida de Diego, sintió como unos colmillos se hundían violentamente en su cuello a la vez que una katana atravesaba de lado a lado su pecho.

Fueron sus últimos segundos de vida, segundos en los que fue consciente de la velocidad con la que el monstruo en el que se había convertido su oponente succionaba su jugo vital, pudo sentir como bebía hasta la última gota mientras veía la punta plateada del arma de su rival sobresalir de su propio pecho. Sintió sin que le doliera como, una vez bebida hasta la última gota de su sangre, Diego daba un tirón del cuello y se lo desgarraba. Alloth fue perdiendo la vida mientras caía al suelo.

Y de pronto, todo había acabado. Diego cayó al suelo de rodillas. Había muchas cosas sobre las que podía y tendría que pensar; cómo él sólo había podido fulminar tan rápido y en cuestión de milésimas de segundo a tantos y tan poderosos rivales, cómo su velocidad se había duplicado a causa de su furia y, sobre todo, cómo había logrado hacerse uno con su arma tan efectivamente que había logrado que ésta volviera a sus manos con sólo desearlo. Le quedaban muchos días de reflexión analizando los hechos, y muchísimos más de duros entrenamientos para lograr comprender aquel nuevo poder que le había sido revelado, pero ahora sólo tenía ganas de llorar. Nuevamente unas lágrimas de sangre invadieron sus mejillas y Diego rompió a llorar desconsolado. Lloró de pena por Edith, el gran amor de su vida que acababa de descubrir que había muerto por su culpa, y su llanto fue tan amargo que hasta las olas parecían retirarse de la escena. El vampiro se pasó llorando la noche entera, e incluso siguió haciéndolo en sueños en su madriguera durante el día.

Dolor

La noche cayó sobre el bosque como un manto negro que desproveía de luz a las criaturas que lo poblaban. Era una noche siniestramente oscura, no había estrellas en el cielo, era “La Noche” y Diego Terán lo supo desde el momento en que despertó. En cuanto abrió los ojos una puñalada del mayor dolor que hubiera sentido en su vida atravesó su cuerpo de arriba abajo e hizo que se encogiera en su improvisada madriguera ahogando un grito.

Era un dolor punzante, que le recorría el cuerpo a través de propia sangre. Eran todos los dolores del mundo unidos en uno, asfixiante incluso para un ser entrenado mental y físicamente como él. Su cuerpo le ardía de dolor, su cabeza parecía que le iba a estallar, se sentía hinchado, relleno de filos de espadas, quemado y cocinado vivo, devorado trocito a trocito por tiburones y escupido después sólo para volver a ser devorado. No había palabras suficientes en el diccionario para describir tal dolor, tal desesperación.

Así era desde que Diego matara a su mentor, un antiquísimo vampiro que, antes de morir en sus manos, le maldijo para toda la eternidad. La maldición era simple, de ahí en adelante recordaría el día en que mató a su mentor con una noche de tormentos y del mayor dolor que se pudiera imaginar. Lejos de ser un dolor domable por el hecho de vivirlo una y otra vez, cuanto más antiguo y fuerte era Diego más duro e insoportable era el dolor.

Diego se maldijo en silencio, no debía haberle pillado en medio del bosque, ahora todas las criaturas que lo habitaban correrían peligro. En el pasado, durante “La Noche” había llegado a matar incluso a seres queridos por la locura que le provocaba el dolor, ese dolor que destruía instantáneamente todas sus defensas físicas y mentales.

El agonizante vampiro se arrastró como pudo y salió a la superficie del bosque, donde se irguió e intentó correr fuera del bosque. Dio con sus huesos en suelo cuando, tras otra punzada de dolor, perdió el equilibrio por completo. Se retorció nuevamente comprimido en posición fetal, apretó los dientes ahogando un nuevo grito. Y todo acababa de empezar.

Tras una hora que bien se habría podido hecho pasar por eternidad, Diego gritó de dolor ya no muy lejos de la salida del bosque. Gritó y su grito fue tal que acabó tosiendo y escupiendo sangre, se había destrozado la garganta de un solo grito, y aun quedaban miles en aquella noche. Seguramente incluso desde la ciudad se le había oído. Otro desgarrador grito con sabor a sangre afloró de su interior.

Otra hora después un sudoroso Diego Terán, magullado por las innumerables heridas producidas por las caídas y sangrando por su desgarrada garganta, se tambaleaba venciendo metro a metro la distancia que le separaba de un destino incierto, de cualquier sitio lejos de todo el mundo. Miraba a su alrededor pero no veía nada con claridad. Todos sus sentidos y sus percepciones estaban alteradas, y tan pronto pasaba por al lado de un lobo hambriento sin inmutarse como se revolvía en el suelo luchando con una hormiga gigante y lanzando katanazos a diestro y siniestro, partiendo en dos a cualquier desgraciado animal que pasara cerca de él. De sus ojos, hinchados por el sufrimiento, empezaron a brotar sangrientas lágrimas de dolor.

Ahí estaba el, el más invencible de los vampiros sollozando indefenso y revolcándose de dolor en el suelo. Una escena patética. Podía sentir las risas de su mentor en su mente. Año tras año la misma tortura y cada vez más fuerte.

Otra hora pasó y un Diego roto por el dolor y el sufrimiento era tan preso del dolor que se lanzó con una roca de enormes proporciones. El golpe fue tan descomunal que la roca acabó rota en varios pedazos, y el vampiro escuchó cómo se le rompía una costilla. Sonrió ante la posible vía de escape, se concentró en el dolor de la rotura, se recreó en el pues era millones de veces más llevadero que el asfixiante dolor que le asediaba. Pero aquel dolor antinatural era muy astuto y penetró en su mente como una riada penetra en una presa hecha de papel.

Un nuevo y antinatural grito de dolor salió de su garganta, destruyéndola ya por completo. Cayó nuevamente al suelo, sobre su costado herido, y escupió una gran cantidad de sangre. Era demasiado, aquella vez era demasiado, ¿tan poderoso se estaba volviendo que aquel dolor, que se suponía crecía en igual proporción, estaba haciéndole padecer más que nunca?

Cogió en su mano una piedra que estaba junto a él y se la estrelló contra la cabeza, abriendo en su frente una gran herida, repitió el movimiento una y otra vez pero no era capaz de perder la consciencia y escapar durante unos minutos de aquel dolor que estaba acabando con él. Apretó con fuerza y frustración la piedra y ésta se le rompió y deshizo en la mano como su de un terrón de arena se tratara.

Loco, completamente cegado por el dolor y su propia sangre, ya sólo le quedaba una salida. Sacó de su funda la katana de plata que siempre le acompañaba y la acercó peligrosamente a su cuello.


PD: Llevaba tiempo sin poner un relato, espero que os guste.

La visita del vampiro

Se había despertado antes del anochecer, la cicatriz de la cara le picaba y había terminado desvelándole.
Era extraño, nunca le había picado de esa manera. Aprovechó la oscuridad de su habitación sin ventanas que le salvaría de los rayos solares y, tras encender una lamparita, se puso a escribir. Estaba inspirado, la noche anterior había sentido muchas cosas sobre las que hablaría en sus canciones. En cuanto anocheció fue a la tienda y se encerró en el estudio. No quería perder ni un minuto, no quería desviar su mente, perder la inspiración.

Era ya media noche, y de repente, un escalofrío recorrió el cuerpo de Alessandro, haciendo que se le erizaran todos los pelos del cuerpo. Era una sensación terrible, una sensación de que algo iba mal, era una presencia. El teléfono rojo que comunicaba el estudio con la tienda sonó y el vampiro casi dio un salto, estaba muy susceptible. Descolgó el teléfono.

- A..Alesssandro… - La voz al otro lado, la voz de su dependienta, sonaba aterrada. – Hay aquí un hombre que pregunta por ti. – Tartamudeó varias veces mientras se lo decía. El vampiro se puso alerta y todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Preguntó si estaban bien y recibió otra tartamudeante respuesta diciéndole que sí.

Corrió hacia las escaleras pero antes de comenzar a bajarlas se dio unos segundos para pensar. Quien quiera que esperase abajo no haría más que reírse de él si bajaba las escaleras corriendo, asustado. Tragó saliva y comenzó a bajar lentamente las escaleras, reuniendo toda la confianza en sí mismo que fue capaz de encontrar. Según iba dejando atrás los escalones empezó a sentir más y más el inmenso poder de quien le esperaba abajo.

Al bajar y ver a su visitante sus músculos se relajaron, aunque no del todo, y una sonrisa de sorpresa apareció en su rostro. Frente a él un ser de pelo plateado, más o menos de su misma altura, y unos ojos azules como el hielo y profundos como el mar, que aunque inexpresivos transmitían una eterna tristeza. Una sonrisa apareció en los labios de aquel ser mientras se acercaba a Alessandro y le abrazaba.

-Rekath, ¿qué haces aquí? – No pudo evitar preguntar el sorprendido vampiro.

- Visitando a un querido amigo, ¿acaso no puedo?
– Sonrió amistosamente, en el rostro del antiquísimo ser no quedaba nada de aquel rostro duro y exigente que le torturaba en sueños. Aquel era Rekath sin presión, aquel era Rekath de buen humor.

Con un gesto invitó a su maestro a subir las escaleras hacia arriba, y le llevó al estudio donde podrían hablar a solas. Se sentaron en un salón dedicado a la inspiración y Rekath se sentó directamente en el sitio que Oneide había ocupado varias noches atrás. En cuanto se sentó frente a él, la expresión de Alessandro se volvió seria.

- Te conozco desde hace tiempo. ¿A qué has venido?

Rekath sonrió divertido y aspiró una gran cantidad de aire por la nariz, lo hizo de manera descarada, él no necesitaba de tales aspiraciones para oler cualquier perfume por sutil y lejano que sea.

- Huele a mujer, el mismo tenue perfume de la misma piel que trajiste impregnado en todo tu cuerpo hace algunos meses tras tu escapada nocturna a las playas de ésta misma ciudad. - Había hablado mirando fijamente a su pupilo, no perdiendo detalle de cómo su cara palidecía un poco más. Alessandro frunció el ceño, pero su mentor le hizo callar levantado una mano y siguio hablando. – No he venido a echarte nada en cara, es más, si como sospecho al ver tu cara estás empezando a sentir algo de verdad por alguien me alegraré inmensamente.

- ¿Por qué? – Fue una única pregunta, directa aunque a la defensiva.

- Eres mi mejor creación, Alessandro, aunque te faltaba sólo una cosa. – Se quedó callado mirándole durante un momento. – Necesitabas dejar de saltar de cama en cama y experimentar el amor, pues es el sentimiento más poderoso que existe en éste mundo.

Alessandro se quedó confuso. Con su maestro nunca había hablado de tales temas, y no se hubiera imaginado que él, tan aparentemente frío y calculador, tuviera esa opinión sobre el amor. Le miró una vez más directamente a los ojos, aquellos ojos que no podía evitar que hurgaran en su alma y supieran exactamente lo que él sentía. Entonces empezó a hablar, habló y habló y se lo contó todo a su creador. Le contó como conoció a Oneide, como fue un flechazo el que hizo que sin apenas intercambiar palabras ya estuvieran desnudándose mutuamente. Le contó la visita que ella le hizo hacía muy poco y le contó todo el torbellino de desconocidos sentimientos que le hacía sentir. Finalmente le contó cual era su profesión, esperando que su mentor le humillara o insultara por acabar sintiendo ésas cosas por una prostituta.
Se sorprendió al ver a Rekath serio, con la mirada perdida, pensando en cada una de las palabras que Alessandro le había dicho. Le volvió a mirar y le sonrió alegremente.

- Quién me lo iba a decir, mi joven Alessandro enamorado. – Se levantó y posó una mano en su hombro. – Enamorarse de una puta puede ser muy duro y doloroso, amigo, pero no seré yo el que le ponga puertas al campo, no me cabe duda que sabrá complacerte sexualmente, pero si además te complace sentimental y espiritualmente pues adelante.

- Pero..yo no estoy seguro de poder… - Empezó a contestar el sorprendido y confuso vampiro.

- Nunca has amado, Alessandro, y es una gilipollez que te preguntes si estás preparado porque la respuesta es evidente. Nadie está nunca preparado cuando se enamora, y nadie te prepara para estos sentimientos, por eso es un sentimiento tan poderoso capaz tanto de darte un poder y una seguridad en ti mismo insuperables como de hundirte en la miseria y hacer de tu vida un valle de lágrimas.

Los dos vampiros mantuvieron silencio durante un tiempo indefinido. Alessandro estaba cabizbajo, pensativo, su mentor en cambio curioseaba una carpeta que había en una mesa en la que su creación había escrito letras para canciones.

- Va a ser tu disco más romántico. – Dijo el vampiro de pelo plateado. Alessandro no contestó, se mantuvo inmóvil y sólo levantó la vista cuando escuchó las palabras más sorprendentes de toda la noche.- Te voy a pedir un favor, Alessandro.

- Dime. – Contestó inseguro.

Rekath sacó de su larga chaqueta de cuero un pequeño papel y una cajita negra, dejó la cajita sobre la mesa y le tendió a Alessandro el papel.

- Espero que puedas ponerle música a mis sentimientos.

Completamente alucinado, Alessandro no supo qué contestar y sólo alcanzó a asentir como un estúpido. Rekath le pidió que le escuchara en silencio con una expresiva mirada.

- Hace más de tres mil años existió en Egipto otra civilización olvidada por la historia, enterrada y destruida por sus rivales. A los vampiros nos deberían dar clases de historia al respecto pues éramos dioses para ellos. Sus riquezas y tesoros nunca han sido descubiertos, y sus leyendas no han sido escritas ni recordadas por nadie, sólo muy pocos de los nuestros hemos vivido lo suficiente para saber de su existencia. Ellos no adoraban a los vampiros varones sino a las hembras, eran sus diosas, sus musas, el reflejo de la belleza, la eterna juventud, la muerte, la vida… De vez en cuando un afortunado joven tenía el privilegio de servir de alimento tanto carnal como…como vital para alguna vampiresa. Para demostrarle su eterno amor, su adoración, ellos les regalaban a ellas diversos artículos.

Rekath cogió la cajita negra y se la tendió a Alessandro. El joven vampiro la abrió y sus ojos se abrieron como platos.

- No puedo aceptarlo. – Logró decir tras varios minutos en silencio. Pero su mentor ya se había marchado, silencioso y letal como de costumbre. Alessandro dejó de sentir su presencia, su cicatriz dejó de picarle gradualmente.

Redención

En un lugar sin nombre, en una montaña desconocida junto al mar, un hombre mira al horizonte desde lo alto de una roca. A sus pies el agua, salada como unas lágrimas que ya no lloraría más. Su mirada es triste y pesarosa, las últimas experiencias vividas le han trastornado y eso se refleja en su triste mirada. En un rincón de su corazón, en un baúl de recuerdos, aun laten, aunque débiles, algunos recuerdos de ese pasado que ya no podrá volver. Ese pasado en el que era una persona normal. Eternidad, inmensa y solitaria. Si hay una palabra para describir la inmortalidad, esa palabra es soledad, y si a esa soledad se le añade el horror del alma de un hombre que empieza a ser consciente de que se ha convertido en un monstruo…

El horizonte dibuja unos tímidos rayos de luz. El amanecer se aproxima lento pero imparable, y aquél vampiro sonrió. Estaba decidido, hoy sería el fin de su eternidad, tanto horror y tanto mal no se merecían seguir existiendo. Y esa revelación era la razón. Era consciente de que todo lo que un día fue murió ahogado entre los gritos de aquellas vidas que su ser había segado, aquellas vidas que habían alimentado sus poderes.

Mientras las estrellas más lejanas empezaban a desaparecer eclipsadas por la luz del inminente amanecer, el monstruo sonrió. Llevaba tanto tiempo sin ver un amanecer que ya se le había olvidado lo hermoso que era. Empezaba a notar el calor del sol, la paz estaba próxima por fin. Aquella era su decisión, su manera de pedir perdón a las almas de los que había matado. Aquella era su redención.

Vio despuntar el sol, y su luz corría desde la lejanía en su busca. Y le empezó a alcanzar. La piel del vampiro empezó a humear, podía sentir el escozor de unas quemaduras que acabarían por consumir todo su ser. También notaba un flujo de fuerza interior corriendo a socorrerle. Así pues algo había heredado de su mentor, su fuerza interior estaba luchando contra los fatales efectos del sol. Pero él no era tan poderoso, su piel empezaba a chamuscarse y el dolor empezaba a ser más y más agudo.
Una mano se posó en su hombro.

-Alessandro...

Aquella voz suave y paternal le sobresaltó, le trajo de vuelta a la realidad. Era Rekath, su maestro. Pero el joven vampiro ya no estaba en condiciones de contestarle. Su cuerpo estaba utilizando toda su energía para intentar salvarle del sol, y estaba perdiendo. Intentó girarse hacia su maestro y contestarle. Sus palabras quedaron en balbuceos y cayó al suelo inconsciente. En ese momento su piel empezó a quemarse más y más rápido.

-Estúpido.

Escuchó esa voz desde su casi desaparecida consciencia. También sintió como aquél ser al que tan bien conocía le cogía en brazos e interponía su cuerpo entre él y el sol. No, su maestro no moriría por culpa del sol, era el ser más poderoso que jamás había conocido, y seguramente de los más poderosos que existían. Su poder era tal que el sol había dejado de hacerle daño. Alessandro supo en ese momento que, una vez más, no conseguiría morir, y lo que le aterraba aun más, sabía que su maestro le daría una reprimenda ejemplar.

Los ojos del terror.

Miró a los ojos del terror, y el terror le devolvió la mirada. Era una mirada fría a la vez que inexpresiva. Los ojos, del mismo color que el hielo, reflejaban el hecho de que iba a morir. No le dio tiempo a lamentarse, no le dio tiempo a arrepentirse, en un abrir y cerrar de ojos le tenía ahí, a su lado, desgarrándole el cuello a uno de sus compañeros de un mordisco. La sangre chorreaba por el cuello de aquél que un día fue compañero de fechorías, ahora estaba muerto. El monstruo escupió un trozo de cuello y se relamió los labios empapados de sangre.

Estaba paralizado por el miedo. Impotente, vio como su otro compañero se acercaba por la espalda de aquél ser con un cuchillo en la mano. Lanzó aquél hombre su estocada, pero no fue su espalda lo que encontró, a una velocidad sobrehumana aquél hombre, monstruo o lo que fuera se giró y agarró al hombre por la muñeca. De un limpio puñetazo, el ser atravesó el pecho de aquél hombre. Su compañero, aun paralizado por el terror y situado a espaldas de la nueva víctima, pudo ver una pálida mano sobresalir por la espalda del otro. Se quedó helado al ver como aquella aterradora mano le indicaba que se acercase con un característico movimiento del dedo índice.

Un segundo cadáver cayó al suelo. Jamás volvería a levantarse. El monstruo miró directamente a los ojos del hombre que quedaba en pié. Otra vez esa mirada de muerte. Se acercó a él lentamente, tan lentamente que parecía que se estaba burlando de su futura muerte. El hombre quiso moverse, quiso huir, pero para cuando recobró el control de su cuerpo una mano le cogió la cabeza. Le agarraba la cara, y aunque lo hacía con suavidad le tenía tan firmemente agarrado que el bribón no podía soltarse. Se debatió unos instantes, como una mosca se debate en una tela de araña. Fue inútil.

-Muere.

Fue sólo una palabra. La voz de aquél ser, a pesar de ser suave y sutil, le resultó aterradora. Lo que más pánico le produjo fue todo lo que significaba esa palabra. Su vida había acabado, aquella mano empezaba a apretarle cada vez más fuerte la cara. Las imágenes de todos sus crímenes pasaron a toda velocidad por delante de sus ojos, sobre todo el de aquél último que le había costado la vida. La mano apretó más y más fuerte, su cara le dolía, empezaba a escuchar algún hueso crujir.

El monstruo sonrió.

Fue lo último que aquél hombre pudo ver. Bajo la creciente presión de su mano, la cara del asesino estalló inundándolo todo de sangre. Rekath volvió a relamerse las gotas de sangre que teñían las comisuras de sus labios.

Su cara cambió de expresión, caminó hacia un cuarto cuerpo inerte, el cuerpo de una mujer. Se arrodilló junto a ella y, cabizbajo, cogió su mano sin vida. Sobre la blusa de la mujer, de color blanco inmaculado, cayeron varias gotas de sangre. No eran gotas de la sangre de los hombres que la habían matado. Eran las lágrimas de quien tanto la amó.

Drow contra drow

- Te preguntarás como he dado contigo.

Envuelto e inmovilizado en una bola mágica, Dirinil no podía hacer más que escuchar a su contrincante mientras le fulminaba con la mirada. Frente a el, un Drow envejecido prematuramente y con los ojos totalmente blancos.

- Hermano -Dirinil hizo una mueca de asco cuando Yax'lel Daril'Hazzel le dijo esto- Pasé por tu casa de Loriath. No, tranquilo, la mujer que te puso los cuernos no murió, simplemente entré y cogí una de tus dos armas favoritas.

Al desenvainar la katana de su vaina plateada, el arma que Yax'lel le enseñó a Dirinil brilló con un rojo muy intenso, transmitía ira.

- Ah hermano, esta katana es sorprendente. Me guió hacia ti. Por lo que he investigado y leído, este tipo de armas se personifican especialmente para una sola persona. Tiene poderes que seguramente ni tu sabes. Sé, sin embargo, por lo que me han contado algunos, que cuando empuñas este arma tus instintos drows se hacen fuertes y no puedes refrenar tus ansias asesinas. Qué divertido puede ser jaja. También me han dicho que brilla dependiendo de la intensidad de tus sentimientos, los cuales puede transmitir a los que estén cerca. Y si alguien la empuña? Siente más vivamente tus sentimientos?

Dirinil se iba poniendo furioso, lo sabía y lo veía ya que el arma brillaba cada vez con más intensidad. Yax le dio la espalda.

- Sabes? Tu putita ha rechazado por ti el volver a la senda de Lloth, y sufrirá las consecuencias. No te mataré todavía, hermano, traeré a esa zorra y podrás ver como la voy seccionando con tu propia katana.

Yax'lel echo a reír, pero pronto su risa quedó enmudecida. La katana mágica empezó a brillar con una intensidad cegadora y todo se volvió rojo. En la oscuridad roja, Yax'lel sintió un pinchazo y un frío repentino en su vientre. Bajó la mirada y vio aparecer en su tripa la punta de una katana. La katana mágica le cayó de las manos, pero no llegó a tocar el suelo.

Todo pasó de repente. Los instintos de Dirinil, aumentados al empuñar la brillante katana, explotaron en su interior y el drow perdió el control de sus actos. Cuando se quiso dar cuenta vio al que fuera su hermano totalmente descuartizado delante de el. Se miró y se vio a si mismo cubierto de sangre, sangre que no era suya.

Dirinil cayó rendido al suelo, había sido largamente torturado y ahora sus fuerzas le abandonaron totalmente. Extendió la mano hasta su bolsa de viaje y sacó de ella una botella de elixir curativo. Se lo bebió y durmió durante horas mientras la poción actuaba poco a poco.

Cuando tras recuperarse se volvió a poner en marcha, Dirinil llevaba su tercera katana a la espalda fuertemente atada a la vaina. Esa era su espada maldita, esa que se alimentaba de sus recuerdos y los usaba contra el, esa que cada vez que esgrimía le hacía luchar contra su propia naturaleza drow, contra el ansia irrefrenable de matar, matar sin pensarselo dos veces, matar sin preguntar.

Pesadillas

Es de noche y Dirinil duerme. En sus sueños se repiten algunas de las palabras que Diskordia le dijo hace algunas horas.. "No puede ser que te interese esa drow, ¿o si?".." No es tipico de ti". Las palabras no eran desconocidas, y segun se iban repitiendo en su mente fueron cambiando de voz. Se vió de repente, en su sueño, frente a su madre, arrodillado y encadenado. Y sus palabras se reprodujeron, como tantas otras noches, en su mente. "Hijo mío, has sido castigado por tu rebeldía. Te pusimos en la misma celda que esa zorra élfica para que pudieras aprovecharte de ella o matarla segun lo vieras conveniente. Al principio te aplaudimos ya que acabaste agenciándotela, pero estoy muy decepcionado de que te haya comido la cabeza de esa manera. Has dudado de Lloth, has osado dudar de su poder y de las verdades que nos otorga y la diosa exige un sacrificio como compensación. Eres demasiado valioso para mi, aun siendo un simple varon, pues sabes luchar como ningún otro, por esa razón sacrificaremos a la elfa, y tu estarás delante para verlo todo."

Lloró aun estando dormido, el dolor de como murió su primer amor verdadero, la imagen de la bella elfa siendo desmembrada, siendo abierta en canal y decapitada nunca se iría de su mente.

Luego evocó aquel otro terrible momento en su vida. Caminaba confiado por las calles de Loriath hacia su casa, el, el orgulloso capitán de la guardia real. Esperaba ver a su prometida allí dentro, esperandole como cada noche. Para sorprenderla había llegado dos horas antes a casa. Pero no sólo la sorprendió a ella. El joven semielfo que se la estaba trabajando se quedó pálido como la luna llena al verle entrar. Dirinil no supo como reaccionar, se agachó agarrándose el pecho como si le hubieran dado un golpe mortal, un golpe en el corazón. Esa misma noche se presentó ante su amigo, Argón, Rey de Loriath, y le pidió que le dejara encabezar una espedición hacia la lejanas tierras de Lorien y Oriol. "Es un suicidio, Dirinil, de hecho mandamos a los condenados a muerte para que muriendo en combate puedan recuperar la bendición de su dios." Dirinil no cejó en su empeño y le contño lo sucedido a su amigo. Argon le dijo que ejecutarían a quien ha intimado con una esposa agena, como era la ley. Dirinil le pidió como favor personal que no lo hiciera. "El le da algo que yo no he sido capaz de darle, y es feliz con el. Lo único que yo quiero es verla feliz, a mi con su recuerdo me bastará." Tras insistir a su oscuro amigo de que no encabezara la espedición, Argón acabo por desistir y solo pudo decirle. "Dirinil, no es típico de ti actuar así. No puedes estar tan enamorado de ella con todas las mujeres que darían un brazo por estar una noche contigo, o si?"

Luego salió una tercera escena. Era la hembra drow siendo violada y torturada por Zak'ler. El quería impedirlo, pero unos fuertes brazos que le tenían agarrado se lo impidieron.


Dirinil se despertó sudando y lleno de ira. En sus ojos había el más puro odio que un drow pudo sentir hacia otra persona, pero luego se calmó reflexivo. No era la primera vez que soñaba con la violación...

Dos cadáveres y un moribundo

A continuación os pongo una introducción a mi personaje de Rol del mundo online del NWN2 "Amelion". Mi personaje elegido es mi querido drow Dirinil, y os incluyo el retrato que tiene en el juego. Le faltan las cicatrices pero está bastante bien.



Dos cadáveres y un moribundo

Amanece, y los perezosos primeros rayos del sol descubren una imagen atípica y macabra a las puertas de la academia. En el suelo, justo en la puerta hay un drow totalmente vendado y ensangrentado, pero aun vivo. A izquierda y derecha, como escoltándole, dos cadáveres humanos con armaduras cuyo estandarte nadie puede reconocer, pero muertos. Uno de ellos porta en su fría mano una carta dirigida al responsable del lugar.

"Mi estimado desconocido, si leéis esto es porque hemos muerto.

Somos caballeros del reino de Loriath. Dudo que nadie sepa de él porque está muy al norte, y es un reino bárbaro que prefiere mantenerse oculto. Nuestra misión era escoltar a Dirinil Daril'Hazzel, un camarada que a pesar de ser drow es el mejor amigo de nuestro rey, y dicho sea de paso el mejor guerrero del reino. Nuestra misión era de exploración, Lord Dirinil fue nombrado embajador ambulante y siempre ha recorrido los Reinos en busca de posibles aliados para la guerra contra los de su propia especie. Sí, el apodo con el que se le conoce a nuestro oscuro amigo es el de "Cazador de Drows2, curioso mote para un drow.

Cuando empezamos a acercarnos a estas tierras escuchamos rumores de aldeas arrasadas, muertes y destrucción, y Dirinil insistió en venir a investigar. Fuimos emboscados tras la traición de un explorador que contratamos y Dirinil fue herido de muerte. Pocos sobrevivimos, un sanador y yo, un humilde y anónimo servidor al Rey Argón de Loriath. Llevamos semanas recorriendo los caminos, con partidas de orcos pisándonos los talones. Nuestro sanador ha conseguido mantener con vida a Dirinil, pero tememos que tras tanto tiempo inconsciente al despertar tenga los músculos muy agarrotados y sus sentidos debilitados, por lo que pensamos en traerle a ésta academia para que el ejercicio y las actividades le ayudasen a recuperarse en pocas semanas. Nosotros, sin duda, hemos sido cazados (si vos leéis esto) y casi con seguridad habremos muerto, por lo que ponemos a nuestro mejor hombre a vuestra disposición.

Una cosa más, tened paciencia con él. Es un drow, está de nuestra parte y es bastante bondadoso pero no deja de ser un drow. Tiene una nota cínica en su humor, no habla demasiado ni es muy social, y tampoco entiende mucho de normas, aunque es disciplinado. Va bastante a su aire pero seguro que encontrará un lugar entre vosotros, y cuando esté en perfecta forma seguro que os ayuda en cualquier problema que tenéis.

Vuestro en la muerte,
Ironheart, Soldado Real.


Y la luna se teñirá

Y antes de morir, Zedrick el adivino lanzó la última de sus profecías: “Y cuando la más oscura de las noches se tiña de sangre, llegará el principio del fin y ya nada volverá a ser como antes.”

La orden de Caballeros de la Luz, los Pieth, eran los protectores de la más catastrófica de las profecías, y durante siglos trataron de evitarla. Pero ahora todos los indicios estaban en su contra. El ejército del Oscuro Corazón había conquistado todo el mundo, y sólo la orden Pieth se mantenía en pié para hacerles frente. El emperador había dirigido hacia ellos el más poderoso de los ejércitos, y la batalla estaba prevista para dentro de 10 días. Y dentro de 10 días habría un eclipse total de sol, “la más oscura de las noches…”. Fue el temor de la profecía el que hizo que las cosas se precipitaran y que el ejército de los Caballeros de la Luz abandonara su inexpugnable fortaleza en pos de una batalla rápida, siendo conscientes sin embargo de que fuera de ella serían vulnerables.

Y allí se encontraban todos. Los dos ejércitos se miraban con respeto, quizá con temor. Al mando del ejército oscuro se encontraba el emperador en persona, escoltado por su mejor hombre, Xabyerr Darksoul. Xabyerr , a la derecha del emperador, cruzó una sonrisa con su buen amigo “Dedos de Serpiente” de quien nadie conocía el nombre, sólo la reputación de consumado asesino, y hoy guardaespaldas de su oscura majestad.

Y lo cierto es que tampoco nadie sabía nada de Xabyerr. Llegó un buen día a los calabozos imperiales tras matar a varios soldados en una pelea callejera. Se batió con las más feroces y abominables de las fieras en el coliseo y siempre salió victorioso. Al haber conseguido fama en todo el territorio imperial, y tras una fastuosa derrota contra los Pieth en las que muchos altos mandos murieron, Xabyerr fue aceptado en las filas del ejército. Su ascensión fue meteórica, algunos la atribuyen a que está considerado el mejor espadachín de todo el mundo, y otros a sus continuos flirteos con la hija del emperador. El emperador le negó la mano de su hija, y Xabyerr lo aceptó sumiso, aunque todo el mundo coincidía en que si algún día el oscuro diligente muriera ya nada se interpondría entre los jóvenes y Xabyerr alcanzaría el trono.

Pero nada importaba ahora, era un todo o nada. El emperador le hizo un gesto con la cabeza a Xabyerr, quien se adelantó un poco de su posición y mandó atacar a sus hombres. El sonido de la muerte pronto empezó a resonar en las montañas cercanas. El eco llevaba y traía los gritos de los guerreros agonizantes antes de exhalar su último suspiro. Xabyerr, desde su posición aventajada, no paraba de gritar órdenes y tácticas de batalla que el ejército entendía a la perfección. El emperador lo miraba con una brillante sonrisa en su oscuro rostro. Veía en el joven a un líder en potencia, alguien por quien los soldados irían al infierno si hiciera falta, ya que con su sola presencia todos estaban seguros de la victoria.

Las cavilaciones del emperador se detuvieron cuando sintió una mano en su hombro. Escandalizado por la osadía se giró para toparse con la cara de Dedos de serpiente.

- Lo siento, majestad.

Esas fueron sus únicas palabras antes de clavar una daga en el pecho del emperador y salir al galope cambo a través seguido de la guardia personal del emperador, que sin duda, eran cómplices del crimen. El alarido de dolor del malvado diligente fue apenas audible, pero Xabyerr giró la cabeza en el momento en que los asesinos huían. Al grito de ¡A mí la guardia! El joven guerrero corrió hasta su emperador caído y le cogió en brazos.

- ¡Mi señor! ¿Estáis bien? – La cara de Xabyerr estaba desfigurada de rabia ante la escena.
- Si muchacho, ese bastardo no ha llegado a atinar a mi corazón.

Xabyerr soltó un audible suspiro de alivio, o de resignación, y tomó la daga aun clavada en su emperador entre sus manos.

- ¡A mí la guardia! ¡El emperador ha caído! – Volvió a gritar.
- Tranquilo muchacho, estoy bien. – Volvió a decir el emperador.

Pero cuando Xabyerr giró la cabeza y miró a sus ojos, el emperador lo comprendió todo. No llegó a soltar ningún insulto, ni siquiera gritó de dolor cuando Xabyerr clavaba aun más la daga que su líder tenía en el pecho, ni siquiera cuando la movía hacia un lado y otro para agrandar la herida y destrozar todos los órganos internos que pudiera.

Para cuando la guardia llegó el emperador ya se hallaba muerto en los brazos de Xabyerr, quien cubierto de la sangre de su difunto señor, dejó a su líder en el suelo y se dirigió a los recién llegados.

- Vosotros dos, seguidme. – Dijo señalando a dos de los cinco componentes de la guardia de refuerzo. – Vamos a cazar a esos bastardos traidores. Y vosotros tres dirigid el ejército, la victoria es casi nuestra y el pánico no debe quitárnosla.

Dicho esto Xabyerr montó en su caballo y salió a galope en la misma dirección que habían seguido los asesinos del emperador. Sus dos acompañantes estaban demasiado retrasados como para ver la escalofriante sonrisa de satisfacción que se dibujaba en los labios del muchacho, y tampoco sospecharon nada cuando se pararon frente a una esconda cueva junto a una cascada. Era evidente por las huellas del suelo que aquí habían venido los traidores.

- Esperadme aquí, entraré yo sólo. – Dijo Xabyerr mientras desmontaba y entraba en la gruta. – Si alguien trata de escapar no dudéis en darles muerte. Estad atentos.

Entró en la cueva con determinación, la luz de las antorchas se reflejaba perezosamente en la negra armadura, aun con sangre del emperador, del guerrero. Según se iba acercando a la zona común de la guarida de los traidores a sus oídos (y también a su olfato) llegó el inconfundible alboroto de quien, tras una gran victoria, no escatima en alcohol para celebrarlo. Todos miraron confiados a Xabyerr cuando le vieron entrar, e incluso le tendieron una jarra de cerveza.

- ¡Estáis aquí! – Gruñó Xabyerr por lo bajo.
- Sí hombre, ¿dónde íbamos a estar? – Dijo alguien.
- ¿Y las armas?
- No hemos traído armas, Xabyerr, pensamos que como…
- ¡Traidores! ¡Habéis matado al emperador! – Xabyerr gritó con furia mientras desenvainaba.
- ¡Pero Xabyerr!

Xabyerr mató y degolló hasta dejar irreconocibles a los guerreros desarmados que, medio borrachos, poco pudieron hacer por salvar el pellejo. Apenas sin respiración tras la matanza, el muchacho buscaba y rebuscaba entre los cadáveres, buscaba con impaciencia y daba patadas a los amasijos sangrientos que antes fueron hombres cuando no encontraba lo que quería. Una macabra sonrisa se dibujó en su boca cuando sacó una nota de uno de los bolsillos de quien un día fuera su camarada Dedos de serpiente. Su sonrisa se amplió aun más cuando leyó la nota y confirmó que era lo que buscaba. La nota rezaba así:


Hoy será el gran día, camaradas. Seguiremos mi plan tal y como hemos repetido mil y una veces. Nada puede fallar, el emperador morirá y yo ocuparé su trono. Como recompensa por ayudarme os concederé tierras y cargos.

Después de matar al emperador reunámonos en la cueva que hay junto a la catarata del Salto del Dragón. No descarto que nos vigilen tras el asesinato con lo que, para no levantar sospechas, os ruego que acudáis desarmados.

Vuestro amigo, Xabyerr


Los ojos de los dos vigilantes se abrieron de par en par cuando le vieron salir. Sonreía de manera macabra y caminaba con seguridad. Y su armadura, negra como la más oscura de las noches, estaba totalmente teñida de sangre

Los colmillos del placer. (Relato erótico)

He aquí un pequeño relato erótico. Lo escribí hace algún tiempo y, como no me gustó demasiado, lo dejé abandonado en una carpeta de mi ordenador. Hoy he vuelto a encontrarlo y bueno, ya que tengo este blog he decidido ponerlo a ver qué os parece.
AVISO: Este relato, en algunos puntos, puede resultar un poco explícito. Por favor si sois menores no lo leais xP



Sus ojos se abrieron como platos ante la presencia inesperada de aquel ser oscuro. El aire se viciaba con la mera presencia de esa aberración natural que ahora la miraba con ojos lascivos. Marta nunca había creído en la existencia de aquel ser, aquel demonio con forma de hombre. Su sonrisa, blanca como la luz de la luna, la inquietaba hasta lo más profundo de su ser, pero esos ojos tristes, divertidos, eternos la atraían de alguna manera. Quizás ahí estaba el truco. Quizás ese monstruo se alimentaba atrayendo hacia el a sus presas, seduciéndolas con la mirada antes de matarlas..

-¿Voy a morir?- Preguntó Marta inquieta.
-Sí.- Fue la única respuesta de su cazador.

El avanzó hacia ella alzando su mano y cuando su fría palma acarició la mejilla de Marta, ésta se estremeció tanto de frío como de otra sensación que sabía, no debía sentir en ese momento. Los ojos de el la miraban inexpresivos, tan inexpresivos que la hacían temblar. La mano descendió de su mejilla hasta su mentón en una suave caricia que parecía no encajar en ese implacable monstruo que ya la estaba devorando con la mirada, o eso suponía ella ya que los ojos de el no reflejaban ningún tipo de emoción. Los labios del cazador se posaron de repente sobre los de la joven y asustada muchacha y todo cambió. De repente, un caluroso rubor recorrió todo su cuerpo, de la cabeza a los pies, llevándose consigo todo el temor a morir, toda la repulsión hacia ese ser, y Marta se estremeció. El ladrón de vidas pareció notarlo pues enseguida separó los labios de ella.

Tras una mínima vacilación, el hombre llevó una vez más su mano del mentón de ella a la mejilla y, una vez más, la besó en los labios. Marta disfrutó del beso que le daban esos fríos labios, abrazó al ser que había confesado que la mataría y se entregó totalmente a aquel beso, el cual ella creía que iba a ser condenada a recordar incluso más allá de la muerte. La mano libre de el navegó por su espalda, la recorrió suave y sensualmente, lo cual hizo que ella se volviera a estremecer.

Marta perdió el control de sus actos, y apartando de una bofetada a su sentido común empezó a quitarse la ropa mientras sus labios seguían sellados a los de el en un beso que a ella le pareció eterno. Cuando el beso cesó el se quedó mirándola y Marta pudo observar por primera vez un destello de duda en sus ojos, como si lo que ella estaba haciendo le hubiera pillado por sorpresa.

-Si he de morir, que sea inmersa en el placer.- Contestó ella a la muda pregunta de el.

El monstruo sonrió por primera vez y Marta quiso fundirse en aquella dulce sonrisa, pero no le dio tiempo pues nada mas, pues una vez se hubo quitado la última de sus prendas el vampiro se abrazó a ella y empezó a devorarla a besos. Una eléctrica corriente de calor eléctrico recorrió el cuerpo de Marta, y enseguida empezó a sentirse muy, muy excitada. Para cuando los labios de él alcanzaron sus senos y empezó a saborearlos con labios y lengua ella ya estaba en una dimensión paralela hasta donde se podía llegar montada en un oscuro caballo hecho enteramente del más puro placer. Las rodillas de Marta fallaron y cayó al suelo sin hacerse daño, cuando recuperó la noción de lo que estaba pasando el vampiro estaba ya abriendo sus piernas y adelantando su boca hacia su sexo. En cuanto la fría lengua de su inesperado amante alcanzó su sexo, Marta no pudo reprimir un suspiro que retumbó por toda la habitación seguido de un par de suaves gemidos. Mientras el ser seguía lamiéndole entre las piernas, cuando Marta pensaba que no se podía sentir tanto placer, él alzó las manos y empezó a masajear sus senos haciéndola cerrar de nuevo los ojos y sumergirse en el placer que alcanzaba cotas históricas a cada momento que pasaba. En los minutos que el permaneció entre sus piernas, lamiendo sus labios vaginales y rozando su tenue lengua con su clítoris, Marta tuvo un par de orgasmos como nunca antes los había tenido. Las manos de el acariciaban mientras sus pechos y pellizcaban suavemente sus pezones, y ella creía que iba a morir de placer, antes incluso, de que el acabara con ella. Marta